Las jergas de quienes se asocian ilícitamente para comer delitos es un fenómeno que no pasa desapercibido, menos para los lingüistas, quienes, muy atentos, advierten sobre cómo la realidad delictual también se refleja en la forma de hablar, en especial en períodos como el que vivimos, de profundos cambios socioculturales.

Así lo plantea el doctor Juan Pablo Reyes, director del Departamento de Lingüística de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Playa Ancha (UPLA), quien se refiere al surgimiento de conceptos tales como: bandas, directorios, altos mandos, autoridades superiores, organizaciones familiares, integradas por personas con el fin de efectuar delitos comunes, económicos, políticos, sexuales, criminales.

Advierte que se trata de conceptos que se manifiestan en palabras del habla chilena como “coimas”, “boletas ideológicamente falsas”, “ladrones de cuello y corbata”, “ajuste de cuentas”, “ser el vivo”, “el que la lleva” y otras, que se pueden encontrar en diccionarios antiguos y actuales de la jerga delictual nacional.

“Como lingüista, es imposible no ver lo que nos muestra la realidad. De hecho, destaco el diccionario que elaboró hace cuatro años la Policía de Investigaciones, el narcodiccionario y que reunió 4 mil 671 palabras con diez mil acepciones, todas referidas a nombres y actividades relacionadas con las nuevas drogas que hay en nuestro país. Por otra parte, quiero aclarar que, en estricto rigor, la jerga delictual es una forma de hablar de las capas más bajas, del bajo fondo, de la periferia, de las barriadas, de los marginados y postergados de la sociedad, que solo tienen la oportunidad de salir adelante delinquiendo y cada vez a más temprana edad”, comenta el especialista.

Agrega que la familia y los amigos, los hermanos, los tíos, “la tía”, la mamá, los hijos, y los conocidos del barrio pueden integrar estas comunidades lingüísticas. Es un lenguaje gremial, de personas que persiguen lo mismo y se unen para lograrlo, pero deben ocultarlo porque saben que sus acciones van contra la ley. Es el diálogo de un drama y se origina desde un pacto de silencio, afirma el doctor Reyes.

PERFIL DEL HABLANTE

Respecto de las características de esta variante del español, advierte que ella se da más en los jóvenes vulnerables que están implicados en delitos, robos de menor cuantía, asaltos, peleas y lanzazos; hechos cada día más violentos, y que pasan de “la pobla” a “la cana”. Se suma otro grupo de jóvenes que, aunque estudia o trabaja, eventualmente queda detenido en el marco de las movilizaciones sociales y suma hábitos lingüísticos diversos.

“Es importante precisar que la jerga delictual es técnica y política, y a la vez, estrategia de poder. Es decir, usan la palabra como un arma de dominio en el que se establecen jerarquías fuertemente delimitadas y defendidas con insultos, garabatos, pistolas y lanzas. Así aparecen los choros, los narcos, los domésticos, los soldados, los gomas, los lavadoras, los vio (los vivos), los pollos, los longui, los perkins. Unos vistos como superiores y otros como inferiores. La única ley que respetan es la del más fuerte. Sin duda que es un fenómeno que nosotros, los lingüistas, no pasamos por alto”, asegura.

Pero hay más, porque la jerga delictual tiene en cada país su nombre propio: cocoliche, caló, argot, germanía, lunfardo, jerigonza, replana, jacaranda, jacarandina, chali, coa, calao, caroleno, revesina, coba criolla, cantuja, malespín y marga, entre otros, los cuales se van internacionalizando a través de las migraciones de ciudadanos, mayoritariamente personas vulnerables, que pasan encarcelados en su propio país o en otros.

Finalmente, el académico UPLA enfatiza que hay una enorme necesidad de conocer esta forma de usar la lengua española, especialmente por parte de los profesionales que se relacionan directamente con el mundo del hampa y del ambiente carcelario (detectives, gendarmes, carabineros, antropólogos, psicólogos, asistentes sociales, abogados, profesores y profesionales de la medicina), no solo para comprender lo que dicen, sino también porque en el caso de los lingüistas, saben que estas formas de hablar dan cuenta de una imagen particular del mundo, en especial, respecto de qué es lo bueno y qué es lo malo, la verdad y la mentira, la vida y la muerte, sarcásticamente expresada y afectada.

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